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Los fines del liberalismo, por Miguel Rubio Soler

SHAKESPEARE - MERCHANT OF VENICE

¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos?, Si nos envenenáis […]

Estas palabras puestas en boca de Sylok por el gran maestro William Shakespeare, podrían haber sido expresadas, modificando pequeños matices, por cualquier liberal a lo largo de una discusión, incluso entre familiares y amigos. Y esto es porque una buena parte de la sociedad tiene la percepción de que detrás de nuestras teorías hay un fin oscuro y perverso. Lo cual los lleva muchas veces a situarnos como seres, no ya como personas, que carecen de sensibilidad social, y que siempre se cobijan a la sombra del poder.

¿Es que acaso nosotros, estudiosos de las ciencias sociales, no aspiramos sino a una mejor forma de organización social? ¿Acaso nosotros, igual que el resto, no estaríamos deseosos de que la riqueza brotase incluso más allá de nuestras fronteras? ¿Por qué entonces nosotros, que creemos que el actual sistema de salud, educación o vivienda se puede mejorar, tenemos que soportar este vilipendio que el consenso socialdemócrata arroja con furia sobre nosotros? ¿Es que acaso si nuestras teorías fuesen tan catastróficas, como algunos, con intereses frecuentemente, y desde una poltrona también quieren hacer ver, no sufriríamos los mismos males que el resto de la población? Al español medio no le pido que haga política, le digo simplemente que la juzgue. Es duro afrontar que muchas de las cosas que nos han enseñado no son en el mejor de los casos ciertas, ¿pero acaso no merece la pena?

La pregunta más importante ahora es: ¿aquellos que hoy claman en las plazas, y que por las urnas creen haber conseguido el cambio, tendrán la honestidad intelectual y la valentía de ir contracorriente cuando empiecen a percibir que ese cambio al que tanto aspiraban no era sino más de lo mismo o peor? O nuevamente, como la historia ha demostrado, seguirán perseverando en sus errores. La mayoría seguramente coja el primer camino, la píldora azul. Aquellos que opten por la píldora roja, bienvenidos. Nosotros, tras más de un siglo de intervencionismo, los esperaremos aquí, sujetando la bandera de la libertad como siempre hemos hecho.

Miguel Rubio Soler

@MiguelRubios